Balada triste de trompeta

El hecho de que Balada triste de trompeta no funcione en su totalidad no es ni culpa de su argumento (que podría, pero en este caso es suficiente para contar lo que quiere contar) ni de sus actores (que, salvo alguna que otra escena y actriz, funciona y sorprende) ni de las casualidades que inundan el guión (y de las que un servidor está especialmente harto) o de sus pretensiones (que aparentemente son pocas pero que esconden muchas). Si la película no funciona en su totalidad es culpa sólo y exclusivamente de un guión que mutila, recorta u omite (aún no tengo muy claro qué ha pasado) escenas completas que no es que no nos permitan entender o seguir el hilo de la historia, sino que nos evitan asistir a las transiciones emocionales entre los protagonistas de la película. Así, pasamos de una escena a otra sin que se nos permita ver la de en medio, aquella que nos suavizaría ese cambio radical de registro e interpretaciones que estamos viendo en pantalla y que, sin ellas, nos dejan absolutamente perplejos. Y no me vale eso de que “se ha querido transgredir el ritmo habitual” o “es una peli anárquica como sus personajes, capaces de todo por conseguir lo que quieren”. No. Eso es un fallo tan gordo de dirección (por la que, para más inri, Álex de la Iglesia ha sido premiado en Venecia 2010), de montaje y de guión (también con premio en Venecia) que chafa la totalidad de la cinta. Una cinta que es menos arriesgada de lo que nos quieren vender y que contiene escenas memorables, otras muy hipnotizantes y decadentes (el momento en que se acercan al veterinario con el elefante portando a Antonio de la Torre es de una belleza todbrowniana) y otras tan exageradas y brutales que uno se pregunta si la película existe tan sólo porque el director ha construido una historia en torno a una serie de imágenes que tenía en su cabeza.
Lo cual explicaría mucho.