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Aun estoy un poco avergonzado por no haber visto venir el giro que fácilmente se podía haber intuído desde el principio de la historia: pero es que me ha pillado totalmente desprevenido. Uno no espera (o por lo menos yo no) que una historia como El otro, que comienza en una apacible Nueva Inglaterra con una típica y feliz familia americana acabe de esta manera tan salvaje. Robert Mulligan se olvida de la sutileza y los personajes a los que tienes que querer si o si (Atticus Finch, ¿donde estás?) para mostrarnos a dos de los niños más sádicos y desequilibrados que ha dado el cine. Y aunque al principio puedas estar un poco desconcertado, no es más que el punto en el que el director quiere que estés para cuando decide soltar su bomba. Y en ese momento ya te rindes a la evidencia y piensas en lo tonto que eres por dejarte engañar por un niño. Y te sientes mucho más cerca de los sufridos familiares y de esa pobre madre que ha parido a semejantes criaturas. 

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