Era lógico que fuera Hornby el encargado de adaptar el libro de Lynn Barber. Una vez vista la película uno se da cuenta que toca los mismos temas que han estado presente a lo largo de su obra: una y otra vez sus personajes se enfrentan sin éxito a problemas que, por edad, ya deberían estar preparados para resolver. Esto hace que el proceso de bajada a los infiernos inicial y vuelta a la normalidad posterior (con el consiguiente aprendizaje tanto de ellos como nosotros) nos sirva para asistir a un relato que demasiadas veces puede parecerse a nuestra vida.
Jenny es una chica a la que siempre le han ofrecido para comer un plato que no le disgusta pero que tampoco le apasiona: simplemente le alimenta. Pero de repente un día, le ofrecen un menú completo que además de alimentar es la cosa más buena que ha probado nunca. Los problemas empiezan cuando Jenny se enfrenta a un mundo en el que hacer lo que uno quiere y optar por una via alternativa a lo establecido provoca la ira de todos los que te rodean.
El guión de Hornby serpentea por los lugares comunes que el autor ha ido dibujando a lo largo de su carrera (el peterpanismo, el individuo que destaca sobre el resto aunque sólo él sea consciente de ello, los enfrentamientos con la familia o que la vida te ponga en tu sitio cuando menos te lo esperas), pero se echa en falta un poco más de valor de los autores para, una vez puesto a los personajes en situaciones límite, continuarlas. Si hasta que se destapa la sorpresa (tanto para Jenny como para nosotros, espectadores) disfrutamos con esa perfecta historia de amor que todos en la adolescencia deberíamos vivir, no hubiera estado mal disfrutar con un desenlace menos pesimista como el que se nos plantea: parece como si el cariño que les tiene no le permite verlos sufrir, cuando nos hubiéramos conformado con ver que además de esos dos platos de los que hablábamos al principio existe uno intermedio que tampoco tiene porqué estar mal.
Posted on Wednesday, 14 July 2010